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martes, 12 de junio de 2012

Nuevas habilidades tecnológicas, pero ningún cambio evolutivo

Nuevas habilidades tecnológicas, pero ningún cambio evolutivo

In d. Evolución humanaII-Nuevas tecnologías on mayo 2, 2012 at 14:02

La capacidad de los jóvenes para simultanear tareas es una prueba de su adaptación al entorno digital, pero no comporta ninguna transformación biológica, según los psicólogos.
La alteración que las nuevas tecnologías de la comunicación provocan en nuestro entorno cotidiano son bien visibles: vivimos «enredados», en una conexión continua, con una creciente sensación de accesibilidad a todo. ¿Todo ello tiene algún impacto en nuestras capacidades perceptivas y mentales? ¿La continua exposición a esos medios provoca cambios orgánicos o sólo hábitos distintos? La biología tiene sus límites que la tecnología parece saltarse, pero es sólo eso una apariencia, tal y como constatan quienes estudian el impacto cognitivo de este nuevo mundo.


Con el optimismo desbordante de los que se mueven en los sectores más avanzados de la tecnología, Rafael Marañón-Abreu, investigador del MIT, especialista en redes sociales que ahora trabaja en Cisco System, afirmaba el pasado domingo en estas misma páginas que «podemos hablar ya de una nueva evolución del cerebro, los chavales nacen con habilidades multitarea, y funciona». La evolución y la tecnología se mueven, sin embargo, con ritmos totalmente dispares y no siguen necesariamente la misma trayectoria.

Steven Pinker, catedrático de Psicología de Harvard que ha realizado aportaciones decisivas al actual paradigma de la mente humana, considera que internet y la actual revolución tecnológica no tendrán demasiada incidencia en nuestra evolución. Advierte Pinker que «la selección natural suele tardar cientos de miles de años en hacer algo interesante». Esos cambios evolutivos son impredecibles y por ahora imperceptibles: «las revoluciones en la vida humana, como la revolución agrícola, la industrial y la de la información, tienen lugar con tal velocidad que nadie es capaz de predecir cuál será su efecto en nuestra composición, ni siquiera si ese efecto existirá», sentencia Pinker. A su juicio, «la verdadera innovación dentro de nuestra evolución biológica fue el lenguaje; desde entonces, todo lo demás simplemente ha permitido que nuestras palabras viajen más lejos o duren más tiempo».

José Manuel Errasti profesor titular del Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo, refrenda las palabras de Pinker. En los comportamientos altamente adaptativos al nuevo entorno que hoy podemos observar en las generaciones más jóvenes «no hay ningún cambio evolutivo. Si cogemos a un Homo sapiens de hace 80.000 años y recién nacido lo traemos a nuestro tiempo manejaría el Whatsapp o el Twitter de la misma manera que cualquiera de nuestros niños, no hay ninguna diferencia biológica. La diferencia está en la cultura tecnológica en la que se han desarrollado». Y «probablemente las nuevas tecnologías traigan cambios muy importantes en la forma de pensar, quizá al mismo nivel de los que provocaron la extensión de la lectura y la alfabetización, pero como está ocurriendo ahora sólo podemos hacer hipótesis. Como es un fenómeno tan nuevo, todos estamos expectantes a ver qué ocurre. Los psicólogos dentro de cien años tendrán perspectiva para saber cómo incidió todo esto en nuestra forma de pensar».

¿Pero los nativos digitales vienen o no capacitados para la multitarea, como sostiene Rafael Marañón-Abreu? Para Errasti, «es una adaptación a unas nuevas circunstancias culturales. La tecnología siempre está cosida con la cultura. Los chavales nacen ya en un entorno tecnológico en el que se mueven desde pequeños, de tal forma que tienen tan automatizado el uso de las redes sociales como nosotros podemos tener el leer, que es una actividad que los humanos hacemos desde hace muy poco, si lo ponemos en la perspectiva de la historia de la especie humana: existimos desde hace 120.000 años y leemos desde hace no más de 8.000 años y ya nos parece algo natural. La práctica diaria consigue volver automáticas cosas muy complejas». La manera en que integramos la lectura ilustra, según Errasti, el desarrollo que pueden tener lo que ahora son nuevos hábitos vinculados a la tecnología. «Cuando algo se hace con mucha frecuencia se vuelve automático y se puede hacer sin pensar. Los clásicos leían en voz alta incluso cuando estaban a solas porque la lectura resultaba tan infrecuente en su época que todavía no era un hábito automatizado. Sin embargo, nosotros ahora leemos en voz baja y realizamos de forma fluida una tarea que a alguien que la utilizaba poco le parecería sofisticada y complejísima».

Esther del Moral, catedrática de Escuela Universitaria de la Universidad de Oviedo especializada en Tecnologías Aplicadas a la Educación, constata también que «la utilización de herramientas tecnológicas es algo connatural a las nuevas generaciones, nacen inmersos en unos contextos totalmente invadidos de elementos tecnológicos: móviles, ordenadores, videojuegos, etcétera. No cabe duda que han aprendido a manejar instrumentos y programas, por ello, lógicamente, tienen una mayor presencia en los espacios digitales, redes sociales e internet. Han asimilado formas de interacción instantánea que les permiten simultanear la realización de actividades que no exigen una alta implicación cognitiva. Por tanto, se trata de una generación multitareas de bajo perfil, lo cual sólo pone de manifiesto que poseen competencias digitales». Esas capacidades que pueden asombrar a tantos mayores no responde a ninguna adaptación biológica. «Se trata de una habilidad más, han aprendido a teclear, a activar botones, pulsar pantallas. En definitiva, han interiorizado la lógica mecanicista», afirma Del Moral. La catedrática alerta además de la otra cara de esas destrezas: quienes mejor se desenvuelven en ese entorno «a menudo no tienen habilidades para buscar y seleccionar información válida, reproducen “retwittean” lo que dicen otros sin someterlo a un juicio crítico?, la inmediatez de estas herramientas les impide analizar y sintetizar datos de carácter multiformato, no saben construir mensajes porque desconocen la semántica para hacerlo. Algunos no saben comunicar una idea de forma incisiva en los 140 caracteres propios de Twitter y convierten sus mensajes en conversaciones fragmentadas interminables, cargadas de signos de exclamaciones que sólo suponen ruido en la comunicación y evidencian sus limitaciones para expresarse de forma escrita. Sus muros de Facebook están repletos de incorrecciones lingüísticas, que junto al tono informal de estos espacios, los convierten en escenarios degradados».

Lo que hoy consideramos limitaciones mentales en quienes se mueven en las redes pueden derivar en una nueva forma de pensamiento. José Manuel Errasti reconoce que las destrezas digitales van muchas veces acompañadas de mayor dificultad para mantener la atención o seguir un razonamiento largo, lo que «favorece pensamientos elementales y básicos. Se potencian los contenidos breves e inmediatos. Pero la tecnología siempre ha condicionado el pensamiento. Y vuelvo a la lectura porque no se piensa igual en las sociedades alfabetizadas que en las sociedades analfabetas. La tecnología determina el pensamiento. Nuestra forma de pensar basada en la escritura y la lectura nos parece la natural del ser humano, pero es completamente diferente a como era hace 10.000 años, es decir, distinta a como fue en el 90 por ciento del tiempo que el ser humano lleva sobre el planeta. Lo mismo ocurrirá ahora con las redes sociales, con el Twitter, que imprime una forma de pensar y potencia ciertos estilos de razonar en detrimento de otros más reposados».

Del Moral considera, por su parte, que «estamos en un punto de inflexión en donde hay que aprender a integrar de forma equilibrada estas nuevas tecnologías. La sobreestimulación cerebral a partir del bombardeo continuo de mensajes exige un entrenamiento para clasificar, jerarquizar y estructurar la información que percibimos. En cualquier caso, los humanos nos conducimos por nuestras propias motivaciones, y éstas a su vez activan nuestra atención de forma selectiva. Luego, habrá tareas que podremos hacer compatibles y desarrollarlas de forma simultánea, pero la capacidad de concentración quedará mermada». Para esta especialista en Tecnología Aplicada a la Educación, es crucial reconocer que «cada tarea exige un grado de atención proporcional a las implicaciones que de ella se derivan, del impacto y repercusión en nuestra vida. Lo preocupante es que se trivialicen todas las tareas y se confundan los contextos, pues cada vez más se están desdibujando las líneas divisorias que separan las actividades formales de las informales». Este horizonte se convierte, en su caso, en un reto profesional que «nos ofrece nuevas oportunidades a la escuela y a los educadores, pues, a pesar de toda la tecnología, no somos sustituibles, siempre quedan otras muchas habilidades y competencias por desarrollar que no son innatas». A su juicio, «el fenómeno de las redes sociales y, en general, las nuevas tecnologías emergentes debe invitarnos a una profunda reflexión para analizar tanto sus debilidades y amenazas como sus fortalezas y oportunidades en los distintos ámbitos. Ni ser incondicionales de forma ciega, ni adoptar posturas apocalípticas -en términos de Eco- que nos lleven a detestarlas».
Como especie hemos pasado ya otras veces por estas dudas. La imprenta supuso, en el siglo XV, «un punto decisivo de no retorno en la historia de la humanidad», según Elizabeth Eisenstein, autora de uno de los mayores estudios sobre el impacto de la letra impresa. James Gleick, autor de «La información» (Editorial Crítica), libro que aborda los orígenes y desarrollo de lo que hoy es materia prima de nuestra sociedad, apostilla que la imprenta «modeló la mente moderna». La imprenta fue decisiva para fijar la escritura, pero también provocó el primer aluvión de sobreinformación en forma de «espantosa masa de libros», en expresión de uno de sus críticos, que alertaba de que tanto papel impreso sólo podía abocar al desorden y al retorno a la barbarie, tal y como relata Gleick. No hace tanto, en 1970, el filósofo de la tecnología Lewis Mumford ya advertía de que «el exceso de producción de libros dará lugar a un estado de enervación y agotamiento intelectual difícilmente distinguible de la ignorancia masiva», términos similares a los que hoy alertan de algunos peligros digitales.

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